lunes, 14 de octubre de 2013

Portadores de buena noticia

Q

uisiera animar a todos a ser portadores de la buena noticia de Cristo, y estoy agradecido especialmente a los misioneros y misioneras, a los presbíteros fidei donum, a los religiosos y religiosas y a los fieles laicos –cada vez más numerosos– que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diferentes de las suyas.
Pero también me gustaría subrayar que las mismas iglesias jóvenes están trabajando generosamente en el envío de misioneros a las iglesias que se encuentran en dificultad –no es raro que se trate de Iglesias de antigua cristiandad– llevando la frescura y el entusiasmo con que estas viven la fe que renueva la vida y da esperanza. Vivir en este aliento universal, respondiendo al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19) es una riqueza para cada una de las iglesias particulares, para cada comunidad, y donar misioneros y misioneras nunca es una pérdida sino una ganancia.
Hago un llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo, según su estado de vida, y a no tener miedo de ser generosos con el Señor. Invito también a los obispos, las familias religiosas, las comunidades y todas las agregaciones cristianas a sostener, con visión de futuro y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes y a ayudar a las iglesias que necesitan sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos para fortalecer la comunidad cristiana.
 Y esta atención debe estar también presente entre las iglesias que forman parte de una misma Conferencia Episcopal o de una Región: es importante que las iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren por su escasez.

Obstaculos en la Evangelizacion

A

menudo, la obra de evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles; en ocasiones, todavía se piensa que llevar la verdad del Evangelio es violentar la libertad.
A este respecto, Pablo VI usa palabras iluminadoras: «Sería... un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer... es un homenaje a esta libertad» (Exhort, Ap. Evangelii nuntiandi, 80).
Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio, Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra. Con frecuencia, vemos que lo que se destaca y se propone es la violencia, la mentira, el error.
Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia.
 Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia»; no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre» (ibíd., 60).
Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.

La fe don precioso


L

a fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar, Él quiere relacionarse con nosotros para hacernos partícipes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, que sea más buena, más bella.

Dios nos ama. Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente.

Todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación. Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos.

El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia. «El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Verbum Domini, 95).

Toda comunidad es "adulta", cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a las "periferia", especialmente a aquellas que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo.

La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida.

Noticias de Iglesia en españól


intenciones del Santo Padre para el mes de octubre

Octubre

General:

Para el desarrollo y progreso de la Nueva Evangelización en los países de antigua cristiandad.

Misionera:

Para que la celebración de la Jornada Misionera Mundial sea ocasión de un renovado empeño misionero.

sábado, 12 de octubre de 2013

Discurso a los jóvenes de Umbría en la plaza de la Basílica de Santa María de los Ángeles, 4 de octubre de 2013

jueves, 29 de agosto de 2013

Maravilloso collage creado por Photogrid

martes, 27 de agosto de 2013

El hombre líquido

En alguna ocasión, ya me he referido elogiosamente a la metáfora que utiliza el avispado analista judío Zygmunt Bauman para representar el sino de nuestras sociedades. En una de sus últimas monografías, Amor líquido (2005), aborda, inteligentemente, la fragilidad de los vínculos humanos en la llamada Modernidad líquida y el tipo de relaciones que se establecen en este marco cultural. En alguna ocasión, ya me he referido elogiosamente a la metáfora que utiliza el avispado analista judío Zygmunt Bauman para representar el sino de nuestras sociedades. En una de sus últimas monografías, Amor líquido (2005), aborda, inteligentemente, la fragilidad de los vínculos humanos en la llamada Modernidad líquida y el tipo de relaciones que se establecen en este marco cultural.

El tema de la obra en cuestión, editada por Fondo de Cultura Económica, es toda una lección programática, donde se explora la calidad de los vínculos interpersonales en la Tardomodernidad. A juzgar por lo que afirma Bauman, casi se podrían representar tales relaciones amorosas con la imagen del estado gaseoso.

El lúcido analista cultural explora el individualismo postmoderno y el temor de los ciudadanos occidentales a establecer relaciones duraderas, más allá de las meras conexiones. Entrelaza el hombre sin atributos de Robert Musil con la insoportable levedad del ser de Milan Kundera y dibuja un universo tan volátil como efímero. Según su punto de vista, el ciudadano occidental desea, por lo general, vivir solo, en un apartamento cómodo, moderno y sofisticado, abierto al mundo a través de Internet, pero aislado de los vecinos más próximos.

Siente aversión a la soledad, pero, aún más, a la vinculación, a la liaison.

Prefiere vivir separado, gestionar su vida social según sus preferencias, a dosis bien delimitadas, evitando cualquier exceso.

Aspira a mantenerse permanentemente desatado, rehusa vínculos y compromisos estables y, defiende, por encima de todo, su independencia social, sexual y económica, independencia que no está dispuesto a sacrificar por ningún tipo de amor.

Desea tener relaciones íntimas, pero con fecha de caducidad y, si es posible, sin secuelas.

Nieto de la liberación sexual, el ciudadano líquido vive, a sus anchas, el deseo erótico, pero evita, sobre todo, enamorarse, perder la cabeza por otro ser humano y sobre todo, teme el engendrar.

El ciudadano occidental necesita estar conectado, saber que hay, en el otro lado de la red, individuos que están ahí y con los que, si conviene, se puede chatear, pero teme amar de verdad, porque sabe, en el fondo, que amar significa, perder esa pretendida autosuficiencia que con tanto ardor defiende, significa asumir responsabilidades, limitar el campo de acción personal, estar dispuesto a ceder y, sobre todo, a practicar la renuncia de sí mismo y el sacrificio personal.

Esclavo de su ego, es incapaz de darse definitivamente a un tú. Filtra bien sus relaciones y somete a un cómputo matemático los costes y los beneficios de cualquier nuevo vínculo. La mentalidad instrumental y economicista acapara el terreno de los vínculos interpersonales y el do ut des se impone como máxima moral.

En ocasiones, el ciudadano líquido se siente llamado a ejercer la solidaridad a través del teléfono, animado por algún telepredicador laico que le recuerda que en el mundo hay pobres, enfermos, ancianos y moribundos. El telepredicador suscita una lágrima de falsa compasión en el teleespectador y el ciudadano postmoderno desembolsa, consiguientemente, una pequeña cantidad de su cuenta corriente. Nada importante. Podrá seguir su ritmo de vida sin ningún tipo de alteración. Después de tan soberbio gesto, se siente bien, ha pagado la purificación de su culpa a un módico precio. A este gesto, le llama, insolentemente, solidaridad.

Esta solidaridad líquida no obedece a la gratuidad pura, al impulso agápico, sino a un interesado cálculo emocional. El resultado final es sentirse bien con uno mismo, poder seguir consumiendo con voracidad, sin tener que evadirse del silencio, ahuyentar el demonio de la culpabilidad.

Nada tiene que ver este concepto de solidaridad con el sentido más genuino del término. En sentido estricto, la solidaridad es una virtud, un valor moderno para referirse a la misma virtud teologal de la caridad. Designa un sólido vínculo con el otro, tan profundo, tan intensamente vivido en el interior, que el otro, deja de ser el otro-extraño, para convertirse en el tú-próximo. La solidaridad convierte al otro en hermano, en el alter ego y su sufrimiento se vive como propio.

Esta solidaridad va unida al acto de sufrir, pues el que está dispuesto a unirse tan hondamente con el destino del otro, sabe, de antemano, que no podrá mantenerse al margen de su sufrimiento, sabe que su pathos, su estado de ánimo y su equilibrio emocional experimentará una profunda alteración al vivir, plenamente, la solidaridad.

La solidaridad no se resuelve en un pacto económico, ni en una cuota que se estipula desde el Gobierno de turno. Impone un modo de estar en el mundo, una actitud de acercamiento al otro, de superación de la fría distancia postmoderna, para inmiscuirse en el dolor ajeno. Demasiado fuerte para el ciudadano líquido. Todo ello evoca formas de compromiso que no puede asumir, que ni siquiera puede imaginar. Todo ello altera su narcisismo, su pequeño mundo de alegrías, su inestable y delicado equilibrio emocional.

Esta solidaridad líquida constituye, en el fondo, un simulacro de solidaridad, un modo de purificar la culpa que, a veces, emerge desde lo más hondo del ser postmoderno. La culpa es un sentimiento negativo, desagradable, que uno debe expulsar cuanto antes pueda de su foro interior. La solidaridad se convierte, de este modo, en el contenedor de la culpa postmoderna. Lo importante es no implicarse demasiado, no dejarse afectar por el destino ajeno, no amagarse la vida con el sufrimiento de los otros; mantenerse al margen de todo y de todos y limitarse a jugar el papel de espectador.

La solidaridad líquida es un esperpento de la caridad cristiana, una triste imagen deformada de la filantropía que soñaron los ilustrados, un autoengaño colectivo. En cualquier caso, es el ejemplo más patente del olvido del otro, de la obsesión por el yo y de la atomización de una sociedad que evita establecer lazos con quienes causan problemas.

Para atender a tales sujetos, necesitamos de técnicos especializados, de diplomados facultados para enfrentarse a las tragedias humanas. Delegamos a otros el deber de humanidad. Triste solidaridad, la solidaridad líquida.